La sagrada familia de Jesús, María y José
En estos días sagrados de la Navidad, la Iglesia nos invita a celebrar a la Sagrada Familia de Nazaret, y para la reflexión nos propone el relato que acabamos de escuchar: “Jesús, María y José huyendo a Egipto para salvarse de la maldad del rey Herodes”.
Herodes tenía fama de ser terriblemente sanguinario y enfermo de poder; mandó matar a algunos de sus hijos y parientes por miedo a que atentaran contra él. La noticia de que un nuevo rey había nacido no solo le despertó curiosidad, sino también envidia y temor a perderlo todo. La matanza de los Santos Inocentes nace de ahí: de un total desprecio por la vida con tal de cuidar pequeños intereses egoístas y mezquinos.
El acontecimiento de huir a Egipto lo utiliza san Mateo para transmitir un mensaje más grande y profundo. Se los propongo en tres partes: primero, ver a Jesús; segundo, ver a la Sagrada Familia; y tercero, ver a san José.
Primero: veamos a Jesús. Recordemos que, en el pasado, el pueblo de Israel había salido de Egipto: varias tribus dirigidas por Moisés formaron un pueblo para llegar a la tierra prometida. También Jesús sale de Egipto hacia Nazaret; hace el mismo recorrido de Moisés y es el iniciador de algo nuevo, de una nueva historia y una nueva etapa, donde Dios seguirá guiando. Para los judíos de siempre, Moisés es como “el padre de la patria”. También de pequeño lo quieren matar, pero es salvado. Así también Jesús.
Segundo: veamos a la Sagrada Familia. Evidentemente, es una familia de fe, que busca el bien, que se mueve a la voz de Dios, que se pone en camino cuando Él habla. Una familia pobre y desprotegida que tiene que migrar para continuar la vida y salvarse. Una familia normal, con la alegría y ternura de un bebé recién nacido, pero también con el miedo y los riesgos de las adversidades y del futuro.
Tercero: veamos a san José. El relato de hoy nuevamente lo pone en el centro y en acción. José sabe discernir la historia y lo que va sucediendo; debe tomar decisiones y moverse en medio de la noche. No dice una sola palabra: solo escucha y obedece. Actúa, salva, busca lo mejor, cambia planes y se adapta. Hoy aparece como custodio y protector de Jesús y María; por eso es custodio de todas las familias y de la Iglesia.
A la luz del Evangelio, pensemos en otras familias, como sean y como estén constituidas:
¿Qué voz nos mueve y nos guía?
¿Hay espacio para la voz de Dios?
¿Qué valores o intereses nos dirigen?
¿Qué metas en común tenemos?
Pensemos también en los papás varones: en los esposos-padres de fachada y cumplimiento, proveedores pero ausentes, “candil de la calle y oscuridad de su casa”.
Y en los papás empáticos, que integran a la familia en un proyecto común y divino.
No dejemos de orar por las familias que sufren la pobreza, la falta de sustento, la división o la pérdida de un ser querido.
P. César