Homilía de Año Nuevo

En la última misa de este año, le agradecemos a Dios el don de su Palabra. Todos los días Él nos habla, se comunica con nosotros y nos acompaña.
El Dios en el que creemos no nos deja solos: su providencia nos socorre y su misericordia nos perdona, nos rehace y nos renueva. Es tarea nuestra buscarlo, escucharlo y aprender a caminar con su luz y su guía.

Además, nos alimenta con el Cuerpo de Cristo, nos nutre en la fe. Cada comunión con Él es, justamente, una común unión con Él y con los hermanos; es decir, con toda la Iglesia.

“Esta es la última hora”, dice la primera lectura. Es necesario aprender a mirar con reflexión el año que termina: los errores, defectos, ausencias, lecciones, logros y alegrías. No lo tomemos a la ligera. La vida es tan hermosa y tan divina que debe ir acompañada por la inteligencia y la reflexión. Una vida al “ahí se va” o “ya ni modo” nos estaciona en la mediocridad y en la mentalidad del mínimo esfuerzo.

“Es la última hora”, nos recuerda también la primera lectura, para corregir, reconciliarnos, mejorar y amar. Y con el hermoso himno que nos ofrece el Evangelio de San Juan, se nos recuerda la presencia de Dios con nosotros a través de su Hijo Jesús. Por Él todos recibimos gracia y bendición. Las tinieblas de la vida, los días pesados y grises, encuentran un mejor horizonte desde la fe en Dios y la esperanza que Él nos da.

Por eso, queridas hermanas y hermanos, agradezcamos las bendiciones, aprendamos las lecciones y asumamos la propia vida con alegría y responsabilidad. Sigamos en el esfuerzo de caminar juntos, haciendo comunidad, y miremos hacia adelante con fe y confianza. Continuemos creciendo en una relación profunda y luminosa con Dios.

“Señor, gracias por el año que termina. Gracias por las bendiciones, las lecciones y las personas que han estado a mi lado. Perdónanos por nuestros errores y ayúdanos a dejar atrás lo que no nos hace bien y lo que lastima a mis hermanos. Amén.

P. César

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