La Navidad y el Pesebre: Dios que se hace pequeño para salvarnos

Queridas hermanas, hermanos, amigos:

Nos acercamos a la Navidad, uno de los tiempos más hermosos y significativos de nuestra fe. En medio de tantos preparativos, luces y celebraciones, la Iglesia nos invita a volver al centro, a contemplar con asombro el misterio más grande de la historia: Dios se hace hombre, Dios se hace niño, Dios se hace cercano.

Y para ayudarnos a meditar este misterio, desde hace siglos la Iglesia nos regala un signo sencillo, tierno y profundamente teológico: el pesebre.

1. La Navidad: Dios entra en nuestra historia

La palabra “Navidad” nos recuerda el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre. No celebramos un mito ni un recuerdo romántico, sino un acontecimiento real: Dios tomó nuestra carne, compartió nuestra vida y vino a salvarnos desde dentro de nuestra propia historia humana.

San Juan lo dice de forma hermosa:

“La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14).

Esta es la verdad que transforma todo: Dios no se quedó lejos. Vino. Llamó a nuestra puerta. Asumió nuestra fragilidad para elevarla.

Por eso, Navidad no es solo una fecha; es un mensaje:
Dios nos ama, nos busca, camina con nosotros.

2. El pesebre: escuela de humildad y ternura

El pesebre —la representación del nacimiento de Jesús— tiene un origen que podemos rastrear hasta san Francisco de Asís, quien en el año 1223 organizó el primer Belén viviente para que la gente pudiera contemplar el misterio del Dios que se hace pequeño.

El pesebre nos enseña varias cosas:

a) Dios elige lo pequeño

Jesús no nace en un palacio ni en un ambiente de poder.
Nace en un establo, en la sencillez y en el silencio.

Esto nos recuerda que Dios actúa en lo humilde, en lo que el mundo considera insignificante. Él entra por lo pequeño para transformarlo desde dentro.

b) Dios es accesible

Un niño se puede tomar en brazos, se puede mirar, se puede tocar sin miedo.
Dios se hace así: cercano, frágil, disponible.

Navidad nos invita a acercarnos a Él sin temor y también a volvernos cercanos a los demás, especialmente a los que sufren.

c) La Sagrada Familia: modelo de confianza

María y José nos enseñan a confiar incluso cuando las circunstancias son difíciles.
No entienden todo, pero se dejan guiar por Dios.

Cuántas veces nuestras familias también atraviesan incertidumbres…
Ellos nos acompañan en nuestro propio camino.

d) Los pastores y los dones de la vida cotidiana

Los primeros en recibir la noticia no fueron los grandes de la tierra, sino los sencillos.
Sus dones, aparentemente pequeños, expresan lo más grande: su corazón.

3. Colocar el pesebre en casa: un acto de fe

Les invito a que este año, al colocar el pesebre en casa, lo hagan como un acto de oración, no solo como decoración navideña.

Podemos reunirnos en familia, encender una vela y decir:

“Señor Jesús, queremos recibirte en nuestro hogar,
como María y José te recibieron en el pesebre.
Quédate con nosotros.”

Cada figura tiene un significado:

  • El Niño Jesús: centro de nuestra fe y de nuestra vida.

  • María: nuestra Madre, que nos entrega al Salvador.

  • José: custodio del amor, ejemplo de obediencia y fe.

  • Los pastores: nosotros, llamados a buscar al Señor con sencillez.

  • Las estrellas, los animales, la cueva: toda la creación que se alegra ante la llegada del Mesías.

Colocar el pesebre es recordar que la luz brilla en medio de nuestra oscuridad, y que incluso nuestras zonas frías, pobres o débiles —como la cueva de Belén— pueden convertirse en lugar santo cuando Jesús entra en ellas.

4. Vivir la Navidad con un corazón nuevo

Queridos hermanos, la Navidad no es solo contemplar el pesebre… es convertirse en pesebre.

Es permitir que Jesús nazca en nosotros:

  • en nuestras heridas,

  • en nuestras relaciones,

  • en nuestras preocupaciones,

  • en nuestros sueños.

Que esta Navidad no pase de largo. Que sea un verdadero encuentro con el Dios que se hace niño. Que al mirar el pesebre renovemos nuestra fe. Que al contemplar al Niño Jesús aprendamos la humildad, la ternura y la cercanía.
Y que en nuestras casas y comunidades se experimente esa luz que solo Cristo puede darnos.

Que la Sagrada Familia bendiga nuestros hogares y nos acompañe siempre.

Amén.

P. César

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