La Corona de Adviento: primer anuncio de Navidad
Queridas hermanas, hermanos, amigos:
Al comenzar el Adviento, tiempo de espera y esperanza, la Iglesia nos invita a prepararnos para la venida del Señor. Este tiempo abarca las cuatro semanas previas a la Navidad y nos ofrece varios signos que nos ayudan a vivirlo con profundidad. Uno de los más queridos y significativos es la corona de Adviento, que en nuestras casas y en nuestras comunidades se convierte en el primer anuncio de la Navidad.
Un origen antiguo que habla al corazón
La corona de Adviento tiene sus raíces en antiguas costumbres de los pueblos germanos, muchos siglos antes del cristianismo. En los días fríos y oscuros de diciembre, aquellos pueblos recogían ramas verdes y encendían luces como un gesto de esperanza ante la llegada de la primavera. Para nosotros, no se trata de una concesión al paganismo, sino de un hermoso ejemplo de cómo la fe cristiana transforma, purifica y llena de sentido las culturas: “He aquí que hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).
Lo que antes era un signo natural de esperanza, ahora se convierte para nosotros en un símbolo de la presencia de Cristo, que viene a iluminar nuestra oscuridad.
Cristo, luz que vence las tinieblas
Los primeros cristianos supieron reconocer en este gesto una profunda verdad del Evangelio. Jesús mismo nos dice en Juan 8,12:
“Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en la oscuridad”.
Y a nosotros, sus discípulos, nos recuerda en Mateo 5,14:
“Ustedes son la luz del mundo”.
Por eso, encender una vela en medio del invierno no es una simple tradición decorativa: es una proclamación de fe. Es recordar que Cristo es la luz que viene, que está con nosotros y que volverá con gloria. En el siglo XVI, tanto católicos como protestantes en Alemania utilizaban esta corona para vivir el Adviento, reconociendo que cada vela anticipa la venida de Jesús, la verdadera luz.
Elementos y simbolismos que nos acompañan
La corona de Adviento se elabora con ramas verdes y cuatro velas, tres de color morado y una rosa, cada una con un profundo significado espiritual.
La forma circular
El círculo no tiene principio ni fin, y así es el amor de Dios: eterno, constante, sin límites. También nos recuerda que nuestro amor a Dios y al prójimo debe ser así: sin interrupciones, sin temporadas, siempre vivo.
Las ramas verdes
El verde es color de esperanza y vida. Significa que, aun en los inviernos del alma, Dios sostiene nuestra fe y renueva nuestra esperanza. Él es fiel, y su promesa de salvación permanece.
Las cuatro velas
Representan la luz que va venciendo la oscuridad, como la salvación fue anunciada progresivamente a lo largo de la historia. Cada domingo encendemos una nueva vela, recordando que Cristo —la luz verdadera— está cada vez más cerca.
La vela rosa se enciende en el tercer domingo, el domingo de la alegría, cuando la Iglesia nos invita a alegrarnos porque el Señor está a las puertas.
Las manzanas rojas
Aluden al relato del Edén y nos recuerdan que, aun cuando el pecado entró en el mundo, la misericordia de Dios fue más grande: desde entonces prometió un Salvador.
El listón rojo
Es signo del amor de Dios que nos rodea y nos envuelve, y también de nuestro amor hacia Él. La corona, adornada con este listón, se convierte en un abrazo de fe.
Un signo para la Iglesia y para el hogar
La corona de Adviento no solo acompaña nuestras celebraciones dominicales: también es un signo para la vida familiar. Es recomendable colocarla en casa y encender las velas en familia, antes o después de la cena, haciendo una breve oración y leyendo un pasaje bíblico. Si no se tienen velas de los colores tradicionales, no pasa nada: lo esencial es el significado, la luz que crece a medida que Cristo se acerca.
También es hermoso llevar la corona a la parroquia para que sea bendecida.
Queridas hermanas y hermanos, que la corona de Adviento sea para nosotros un recordatorio visible del camino que inicia: un camino de esperanza, de espera activa, de mirada puesta en Cristo. Que cada vela encendida ilumine nuestro corazón y nos prepare con alegría para el encuentro con el Señor que viene.
Amén.
P. César