La Historia del Adviento: un camino antiguo hacia la esperanza
Queridas hermanas, hermanos, amigos:
Estamos por iniciar un tiempo muy querido para toda la Iglesia: el Adviento. Un tiempo que nos prepara, nos orienta y nos dispone interiormente para recibir al Señor. Pero para comprenderlo en su riqueza espiritual, vale la pena volver la mirada a su historia, a sus orígenes, a cómo la Iglesia fue descubriendo en este periodo un camino de esperanza.
La palabra Adviento proviene del latín adventus, que significa “venida”. En los primeros siglos, este término no se refería al nacimiento de Jesús en Belén, sino a la segunda venida de Cristo, la parusía. Por esto, en la Iglesia primitiva, este tiempo estaba marcado por meditaciones sobre el fin de los tiempos, el juicio final y la llamada constante a la conversión que san Juan Bautista dirigía al pueblo: “Preparen el camino del Señor”. Era un tiempo profundamente espiritual, de vigilancia, de espera activa.
No sabemos con exactitud cuándo comenzó a celebrarse de manera estable. Sin embargo, algunos antiguos leccionarios, como los de Capua y Wurzburgo, ya mencionan el Adventu Domini. También en los libros gregoriano y gelasiano encontramos oraciones tituladas Orationes de Adventu. Con el paso del tiempo, la Iglesia fue relacionando este tiempo de espera con la preparación para la Navidad, integrando ambos sentidos: el Cristo que vino, el Cristo que viene hoy y el Cristo que vendrá al final de los tiempos.
Aunque muchas veces pensamos en el Adviento como una tradición occidental, su primer impulso probablemente vino de las Iglesias de Oriente. Después del Concilio de Éfeso en el año 431, era común que los predicadores dedicaran los domingos previos a la Navidad al misterio de la Encarnación y la Anunciación. En Rávena, Italia —un puente entre Oriente y Occidente— san Pedro Crisólogo, en el siglo V, predicaba así estos temas, preparando al pueblo para contemplar el misterio del Dios que se hace hombre.
La primera referencia concreta al Adviento como un tiempo litúrgico viene del obispo Perpetuo de Tours (461–490), quien estableció un ayuno que comenzaba el 11 de noviembre, día de san Martín. Era tan importante que llegó a llamarse la “Cuaresma de San Martín”. Más tarde, el Concilio de Tours en el año 567 reconoció oficialmente este periodo, y su práctica se fue extendiendo por diversas regiones.
En algunas Iglesias, como la de Milán o las comunidades cristianas de España, el Adviento llegó a durar hasta seis semanas. En Roma, en cambio, no encontramos señales claras antes de finales del siglo VI, cuando —probablemente por intervención del Papa san Gregorio Magno— se estableció el Adviento tal como hoy lo conocemos: cuatro semanas antes de la Navidad.
Con el paso del tiempo, la Iglesia fue integrando dos grandes temas espirituales:
La preparación para celebrar el nacimiento de Jesús, la humildad de Dios que se encarna.
La espera vigilante de su segunda venida, el Cristo que volverá en gloria.
Estos dos sentidos entrelazados dan al Adviento una belleza muy particular: un equilibrio entre la penitencia que purifica el corazón y la alegría que nace de la esperanza.
Queridas hermanas y hermanos, al conocer esta historia entendemos que el Adviento no es simplemente un tiempo de “antes de Navidad”, sino un camino profundo, antiguo y siempre nuevo que la Iglesia recorre para renovar su esperanza en Cristo. Es una invitación a abrir el corazón, a despertar la fe, a disponernos interiormente para reconocer que Dios viene siempre: vino, viene y vendrá.
Pidamos al Señor que este Adviento nos ayude a preparar no solo nuestras casas, sino sobre todo nuestra vida, para acoger con amor al Señor que quiere nacer en nosotros.
Amén.
P. César