Homilía del día
IV DOMINGO DE PASCUA
26 de abril de 2026
Juan 10, 1-10
Hoy celebramos el Cuarto Domingo de Pascua, tradicionalmente conocido en la Iglesia como el “Domingo del Buen Pastor”. En medio de la inmensa alegría que nos trae el tiempo de la Resurrección, la liturgia nos regala una de las imágenes más entrañables y reconfortantes de Jesús: el pastor que conoce, guía y protege a su rebaño. En el Evangelio de hoy, san Juan nos invita a reflexionar sobre nuestra relación íntima con Cristo a través de dos metáforas profundamente espirituales: la voz y la puerta.
Vivimos en un mundo que está constantemente saturado de ruido. A diario, somos bombardeados por voces que nos dicen qué comprar, cómo pensar, a quién temer y qué nos falta supuestamente para ser felices. Sin embargo, en medio de esta cacofonía que tantas veces aturde el alma, Jesús nos asegura una verdad profundamente hermosa: “las ovejas reconocen su voz; él llama a cada una por su nombre y las conduce afuera” (v. 3).
Dios no nos trata como una masa anónima ni como un número más. Él te conoce por tu nombre. Conoce perfectamente tus heridas, tus alegrías y tus miedos más profundos. Escuchar su voz requiere hacer silencio en nuestro interior. La voz del Buen Pastor no impone pánico ni ansiedad; es una voz que infunde paz, que consuela y que nos invita a caminar con confianza, sabiendo que Él va por delante de nosotros abriendo el camino.
Pero Jesús da un paso más allá en su enseñanza y nos presenta otra imagen sorprendente. Él declara de forma contundente: “Yo soy la puerta de las ovejas” (v. 7). En los rediles antiguos de Medio Oriente, muchas veces no había una puerta de madera o metal. El pastor mismo se acostaba en la única entrada para que ninguna oveja se perdiera en la noche y ningún lobo entrara a hacerles daño. Jesús es nuestra protección segura. Al decir “Yo soy la puerta; quien entre por mí se salvará, podrá entrar y salir y encontrará pastos” (v. 9), nos habla de una libertad verdadera. Ser cristiano no es vivir encerrado en una prisión de reglas que asfixian; es pasar a través de Cristo para encontrar el alimento verdadero que nutre el espíritu. Él es el filtro a través del cual debemos evaluar todas las decisiones y amores de nuestra vida.
Finalmente, el Señor contrasta su misión de amor con la de aquellos que solo buscan aprovecharse del rebaño: el ladrón que viene a robar, matar y destruir. El mundo a menudo nos ofrece atajos ilusorios hacia la felicidad que terminan vaciándonos y dejándonos perdidos. Frente a estas falsas promesas, Jesús culmina su mensaje con una de las declaraciones más esperanzadoras de toda la Escritura: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (v. 10). Esta vida en abundancia no significa una vida sin problemas o llena de riqueza material. Es la plenitud del Espíritu, es vivir en la gracia, el perdón y la paz que solo Dios puede dar, incluso en medio de las pruebas y las tormentas de este mundo.
En este tiempo de Pascua, dejémonos pastorear por el Señor. Afinemos nuestro oído para distinguir su llamado amoroso entre tantos ruidos terrenales. Pasemos siempre a través de Él, que es la única puerta de nuestra salvación, para que podamos experimentar la alegría verdadera y la vida abundante que nos ha ganado con su gloriosa Resurrección. Que así sea.

