Homilía del día

MIÉRCOLES 21 DE ENERO DE 2026.

La Biblia nos presenta siempre historias muy humanas; algunas llenas de esperanza, reconciliación y bondades y otras más llenas de dramatismo y tragedias y pecado. Y ahí en todo lo humano es donde Dios actúa y siempre para salvar.

Quizás una de las historias más conocidas de la Biblia es la que hoy escuchamos en la primera lectura: el enfrentamiento de David contra Goliat. Un muchacho contra un hombre “adiestrado para la guerra desde su juventud”.

La descripción de cada uno y los diálogos entre estos personajes nos llevan hasta imaginar la escena.

Pero ¿cuál es la finalidad de estas historias? ¿Por qué se nos cuentan y se nos proponen como historia sagrada? ¿Por qué es Palabra de Dios?

Veamos juntos.

David representa al hombre que confía en Dios, su causa y su vida están en manos de Dios. Por el contrario, Goliat representa la soberbia de aquel que se cree indispensable y confiado en sus propias fuerzas, sus armas. Además, Goliat ha insultado a Dios ofendiendo y agrediendo a quienes Dios mismo ha escogido como suyos, como su pueblo.

Y el Evangelio de hoy completa el mensaje. Encontramos a Jesús sanando, haciendo un milagro en sábado. Recordemos que en la tradición judía el sábado era el di del descanso obligatorio, no se podía hacer casi nada.

Pero ante un enfermo, ante una necesidad concreta, Jesús pregunta: “¿qué se puede hacer el sábado, el bien o el mal?” Es decir, ¿cuándo se puede ayudar, curar y rehabilitar la vida o cuándo hacerse el desentendido, pasar de largo y caer en la omisión? Hoy Jesús lo responde con mucha claridad: hacer siempre el bien.

Por eso a la luz de las lecturas de hoy, a la luz de la Palabra de Dios podemos preguntarnos: ¿Cuáles son mis batallas hoy? ¿Cuáles son nuestras parálisis? ¿Qué nos estaciona o esclaviza o nos lleva a perder el tiempo y la vida?

Creo que las lecturas son una clara invitación a la esperanza y a la confianza absoluta en Dios. En El podemos encontrar fuerza. El recurso de nuestra fe puede abrir siempre horizontes de esperanza para recuperar lo perdido y ganar las batallas. Todos hemos sido como David, enfrentados a grandes retos y adversidades. O como tullidos en la vida.

Hay una oración preciosa, conocida como la oración del abandono. Cuando hemos hecho lo que nos tocaba, cuando quizás la desesperanza y el cansancio comienzan a doler en el día a día, cuando tengamos algo que soltar o agarrar algo con mucha fe… podemos decir:

Padre me pongo en tus manos. Haz de mi lo que quieras. Sea lo que sea, te doy gracias. Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal de que tu voluntad se cumpla en mi y en todas tus creaturas. No deseo más Padre. Te confío mi alma, te la doy con todo mi amor, por que te amo y necesito darme a ti, ponerme en tus manos, sin limitación y sin medida, con una confianza infinita, porque tú eres mi Padre.

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