Homilía del día

V DOMINGO DE PASCUA

3 de mayo de 2026

Juan 14, 1-12

 

En este Quinto Domingo de Pascua seguimos celebrando la alegría de la Resurrección. El Evangelio de hoy nos sitúa, paradójicamente, en la intimidad de la Última Cena. Los discípulos están confundidos y asustados; intuyen que la separación de su Maestro está cerca. Y es precisamente en ese clima de incertidumbre y tristeza donde resuenan las palabras más consoladoras del Señor: “No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí” (v. 1).

¡Cuántas veces nuestro propio corazón se turba! Vivimos tiempos de gran ansiedad, enfrentamos problemas familiares, tensiones económicas, enfermedades o simplemente el peso de nuestras propias debilidades. Como los apóstoles, a menudo sentimos miedo ante un futuro que no controlamos. Sin embargo, Jesús nos invita a una confianza radical. Nos asegura que nuestro destino no es la desesperanza ni el fracaso, sino un hogar definitivo: “En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones” (v. 2). Dios ha preparado un lugar para cada uno de nosotros; hay espacio infinito en su amor y en su eternidad. Nadie sobra en el plan de Dios. 

Ante esta hermosa promesa, surge la voz honesta y muy humana del apóstol Tomás, que hace eco de nuestras propias crisis existenciales: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” (v. 5). La respuesta de Cristo es la brújula de nuestra fe cristiana: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí” (v. 6). Notemos algo fundamental: Jesús no nos entrega un mapa complicado ni una fría lista de reglas. Se entrega a sí mismo. Él es el Camino que debemos pisar siguiendo sus huellas de servicio; es la Verdad que desenmascara nuestros autoengaños en un mundo lleno de relativismo; y es la Vida plena que vence a toda muerte, la misma vida triunfante que celebramos en esta Pascua.

Pero la mente humana siempre busca más evidencias. Por eso, Felipe le interrumpepidiendo que les muestre al Padre y eso les bastará. Jesús, con infinita paciencia, le revela entonces el misterio central de nuestro Dios: “Quien me ve a mí, ve al Padre” (v. 9). Ya no tenemos que imaginar a un Dios lejano, escondido detrás de las estrellas o insensible a nuestro sufrimiento. Dios tiene el rostro de Jesús de Nazaret. Si quieres saber cómo es el corazón de Dios, mira a Jesús perdonando a la mujer adúltera, llorando por su amigo Lázaro, lavando los pies a sus discípulos y entregándose por amor en la cruz. 

El Evangelio de hoy concluye con un llamado a la acción confiada: “El que crea en mí, hará las obras que hago yo” (v. 12). No dejemos que la angustia paralice nuestro espíritu. Caminemos con la frente en alto por el único Camino que nos lleva a casa, abrazando su Verdad y compartiendo su Vida con los demás. Que la paz del Resucitado habite siempre en nuestros corazones. Amén.

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