Evangelio del Día

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO

9 de agosto de 2026

Mateo 14, 22-33

 

En el pasaje que la Liturgia nos ofrece este domingo, contemplamos a la Iglesia simbolizada en esa barca agitada por las olas. Es la experiencia vivida por los discípulos al adentrarse en la noche, en medio de la tempestad y contra un viento contrario. ¿Cuántas veces en nuestra vida personal, familiar o comunitaria nos sentimos exactamente así? Sentimos que remamos contra la corriente y que la oscuridad de los problemas parece sofocar nuestra esperanza.

Sin embargo, el Evangelio nos muestra que el Señor nunca nos abandona en la tormenta. Jesús camina sobre las aguas, sobre aquello que a nosotros nos hunde y nos da miedo. En el momento más crítico, hace oír su voz reconfortante: “Tranquilícense y no teman. Soy yo” (v. 27). Dios no siempre calma las tempestades de inmediato, pero sí nos garantiza su presencia constante en medio de ellas.

Aparece entonces la figura de Pedro, impulsivo y deseoso de encontrarse con su Maestro. Al escuchar la invitación del Señor: “Ven” (v. 29), Pedro da un paso de fe audaz. Al principio, caminando sobre las olas, nos enseña que cuando mantenemos la mirada fija en Cristo, somos capaces de superar los imposibles. Pero la fragilidad humana pronto se hace presente. Al sentir la fuerza del viento, Pedro desvía la vista de Jesús, se fija en el peligro y comienza a hundirse. Cuando dejamos que los problemas tapen la presencia de Dios, el miedo se apodera de nosotros y nos hundimos.

Pero hay algo hermoso en la actitud del apóstol que todos debemos aprender. En su desesperación, no se aísla ni se rinde; grita con todas sus fuerzas: “¡Sálvame, Señor!” (v. 30). Esa es la oración del humilde, la plegaria que traspasa las nubes. La respuesta del Señor es inmediata: extiende su mano y lo agarra. No lo deja perecer. Jesús le recrimina suavemente: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” (v. 31). No es un reproche de condena, sino un llamado amoroso a confiar con mayor madurez.

Al subir Jesús y Pedro a la barca, el viento se calma por completo. La tempestad cede ante el Autor de la vida. Los discípulos, conmocionados y agradecidos, caen postrados ante Él en adoración y exclaman: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios” (v. 33).

Hermanos, en este Decimonoveno Domingo del Tiempo Ordinario, el Señor nos invita a revisar dónde tenemos puesta nuestra mirada. Si la fijamos en nuestras fuerzas o en la magnitud de los problemas, nos hundiremos. Pero si abrimos el corazón a su voz y le pedimos la gracia de confiar, experimentaremos la fuerza de su mano salvadora. No temamos salir de nuestras falsas seguridades para ir al encuentro de Cristo; aunque tambaleemos, Él jamás permitirá que la tormenta nos venza. Amén.

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