Evangelio del Día
DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO
16 de agosto de 2026
Mateo 15, 21-28
El Evangelio de este domingo nos sitúa en una tierra de frontera, en la región de Tiro y Sidón. Jesús sale del territorio judío para adentrarse en periferias paganas, y es allí donde sale a su encuentro una mujer cananea. Una mujer sin nombre, extranjera, triple objeto de marginación en su época, pero con un amor maternal tan grande que no admite barreras. Su clamor resuena con una sencillez desarmante: “Señor, Hijo de David, ten compasión de mí.Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio” (v. 22).
En un primer momento, la respuesta de Jesús impacta por su aparente dureza: guarda silencio y luego afirma que su misión está dirigida a “las ovejas descarriadas de la casa de Israel” (v. 24). Pero este silencio no es indiferencia; es una pedagogía divina que busca hacer madurar una fe que no se rinde.
¿Cuántas veces sentimos que el cielo guarda silencio ante nuestras súplicas? A menudo, cuando la vida apremia, quisiéramos respuestas inmediatas. Sin embargo, la perseverancia de esta madre nos enseña el valor de la oración insistente. Como nos recordará el apóstol San Pablo: “Perseveren en la oración, velando en ella con acción de gracias” (Col 4, 2). La cananea no se siente rechazada ni se retira amargada; al contrario, se acerca aún más, se postra y suplica con un grito del alma: “¡Señor, ayúdame!” (v. 25).
La escena alcanza su punto culminante cuando el Maestro utiliza la imagen de los hijos y los perros. Lejos de acobardarse, la mujer responde con una humildad sublime y un destello de profunda sabiduría: “Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos” (v. 27). No exige derechos ni títulos; solo confía en la sobreabundancia de la gracia. Sabe que una sola migaja de la misericordia del Señor basta para sanar y transformar cualquier vida.
Ante semejante manifestación de confianza, Jesús no escatima elogios: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas” (v. 28). La fe de esta mujer traspasa las fronteras del pueblo elegido y abre los brazos a la universalidad de la salvación. Nos recuerda las palabras del profeta Isaías: “Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos” (Is 56, 7).
Hoy, la Palabra de Dios nos invita a revisar la calidad de nuestra fe. ¿Nos conformamos con una oración rutinaria que se apaga ante la primera dificultad, o poseemos la audacia y la humildad de la mujer cananea?
Pidámosle hoy al Señor que nos conceda una fe viva, capaz de derribar los muros de nuestro egoísmo y de confiar en su amor, aun cuando el camino parezca oscuro. Que comprendamos que nadie está excluido del corazón de Dios y que, en la mesa del Padre, siempre hay pan de sobra para todo el que acerca su corazón con humildad. Amén.

