Evangelio del Día
DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO
2 de agosto de 2026
Mateo 14, 13-21
El pasaje del Evangelio de este Decimoctavo Domingo del Tiempo Ordinario nos sitúa en un momento de profunda vulnerabilidad para Jesús. Tras enterarse de la muerte de Juan el Bautista, busca un lugar desierto para orar y procesar el dolor. Sin embargo, la multitud lo sigue a pie. Lejos de reaccionar con fastidio o molestia por ver interrumpida su soledad, el Señor nos muestra el rostro más puro del amor divino: “Cuando Jesús desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos” (v. 14). La compasión de Cristo no es una emoción superficial; es una conmoción entrañable que lo mueve a sanar y a cuidar.
Al caer la tarde, surge la preocupación práctica. Los discípulos, al ver la hora y el lugar inhóspito, razonan con la lógica del cálculo humano: “Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer” (v. 15). Es la lógica de la escasez y del distanciamiento. Ante las grandes necesidades del mundo, a menudo preferimos desentendernos, enviar a los demás a resolver sus problemas o convencernos de que nuestras posibilidades son nulas.
Pero Jesús rompe este esquema con una indicación desconcertante: “No hace falta que vayan. Denles ustedes de comer” (v. 16). Con estas palabras, el Maestro desafía a los discípulos. No les pide que resuelvan la situación en solitario, sino que no huyan de ella. La respuesta de los apóstoles refleja nuestra propia fragilidad: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados” (v. 17). ¡Qué insignificante parece eso ante miles de personas hambrientas!
Es precisamente ahí donde ocurre la transformación. Jesús responde: “Tráiganmelos” (v. 18). Todo cambia cuando ponemos nuestra pobreza en las manos de Dios. El texto nos dice que “tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente (v. 19). Este gesto no solo sacia el hambre física, sino que anticipa la Eucaristía. Jesús no crea alimentos de la nada por espectáculo; toma lo poco que la comunidad ofrece, da gracias al Padre y lo multiplica en el acto de compartir.
El fruto de esta entrega es la sobreabundancia del Reino: “Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado se llenaron doce canastos” (v. 20). Cuando confiamos en Dios y compartimos sin reserva, nunca hay pérdida, sino plenitud.
Hoy el Señor nos pregunta qué hacemos con nuestros propios “cinco panes y dos pescados”. Con frecuencia nos paralizamos pensando que nuestros talentos, nuestro tiempo o nuestra fe son demasiado pequeños para hacer una diferencia. Sin embargo, Dios no nos pide riquezas previas, sino disponibilidad. Entreguemos hoy nuestra pequeñez en sus manos para que Él la bendiga, la multiplique y la transforme en alimento de esperanza para los demás. Que así sea.

