Evangelio del Día

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO

19 de julio de 2026

Mateo 13, 24-43

 

El Evangelio de este Decimosexto Domingo del Tiempo Ordinario nos coloca frente a una de las realidades más profundas y, a veces, más frustrantes de nuestra existencia: la coexistencia del bien y del mal. Jesús, a través de la parábola del trigo y la cizaña, nos ofrece una mirada de esperanza y una profunda lección sobre la paciencia de Dios.

 

Es muy fácil identificarnos con los servidores de la parábola. Al ver el campo lleno de maleza, su primera reacción es de impaciencia y reclamo: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?” (v. 28). ¿Cuántas veces nos descubrimos con ese mismo deseo? Quisiéramos arrancar de raíz el egoísmo, la injusticia, el dolor de nuestro entorno e incluso las debilidades de quienes nos rodean. Quisiéramos un mundo perfecto, una Iglesia de puros santos y una familia sin conflictos, y lo quisiéramos ya.

 

Sin embargo, la respuesta del dueño de la casa nos desarma: “No. No sea que al arrancar la cizaña, arranquen también con ella el trigo” (v. 29). Dios no tiene prisa porque nos mira con ojos de misericordia, no de jueces. Él sabe que el corazón humano es un terreno complejo donde el trigo y la cizaña crecen entrelazados. Si Dios fuera tan impaciente como nosotros, muchos de nosotros habríamos sido arrancados antes de tener la oportunidad de dar fruto. Su paciencia es nuestra salvación. Él prefiere esperar y nos dice: “Dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha” (v. 30).

 

Esta paciencia divina no es pasividad ni complicidad con el mal; es el espacio de gracia que Dios nos regala para la conversión. El enemigo siembra de noche, aprovechando nuestra distracción, pero Dios siembra de día, a plena luz, con la certeza de que su gracia es más fuerte.

 

Para recordarnos la fuerza silenciosa de su amor, Jesús nos regala otras dos comparaciones sencillas en el mismo texto. Nos habla de que “el Reino de los cielos es semejante a la semilla de mostaza” (v. 31) y también a la “levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, y toda la masa acabó por fermentar” (v. 33). El Reino de Dios no se impone con ruidos ni espectáculos; actúa de manera imperceptible pero transformadora. Una pequeña dosis de bondad, un gesto de perdón o un minuto de oración sincera tienen el poder de fermentar toda la masa de nuestra vida cotidiana.

 

Hermanos, no nos desanimemos al ver la cizaña en el mundo o en nuestro propio interior. El trigo sigue creciendo. Aprendamos a mirar la realidad con la paciencia de Dios, sabiendo que el juicio final le pertenece solo a Él. Que la Eucaristía siempre nos alimente para seguir siendo buen trigo, levadura en medio de la masa y un refugio de esperanza para los demás. Amén.

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