Evangelio del Día
DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO
7 de junio de 2026
Mateo 9, 9-13
Este Décimo Domingo del Tiempo Ordinario, la Palabra de Dios nos sitúa ante una de las escenas más conmovedoras del ministerio de Jesús: la vocación de Mateo. El texto evangélico nos dice que Jesús vio a un hombre sentado al banco de los tributos públicos y le dijo: “Sígueme” (v. 9).
Para comprender el impacto de esta palabra, debemos recordar quién era Mateo. Como recaudador de impuestos, no solo era considerado un pecador público, sino un traidor a su propio pueblo que colaboraba con el opresor romano. La sociedad lo miraba con desprecio, con una etiqueta de exclusión imposible de borrar. Sin embargo, la mirada de Jesús no es una mirada condenatoria ni superficial; es una mirada que atraviesa la superficie del pecado para descubrir la dignidad oculta del ser humano. Ante la invitación del Maestro, el texto subraya una respuesta inmediata: “Él se levantó y lo siguió” (v. 9). Mateo deja la seguridad de su mesa de dinero porque ha encontrado una riqueza mayor: la de sentirse amado y perdonado.
La mesa de la recaudación se transforma de inmediato en la mesa de la comunión. Jesús se sienta a comer en casa de Mateo con publicanos y pecadores, desatando la indignación de aquellos que se consideraban perfectos. Los fariseos, atrapados en su rigidez legalista, preguntan a los discípulos: “¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?” (v. 11). Para los fariseos, la santidad consistía en la separación y el aislamiento de los “impuros”; para Jesús, la santidad es una fuerza expansiva que sale al encuentro de quien está perdido para sanarlo.
La respuesta del Señor define el núcleo de su misión en la tierra: “No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos” (v. 12). Con estas palabras, Jesús rompe las barreras de la autosuficiencia religiosa. El gran peligro para el creyente no es reconocerse débil o pecador, sino creerse sano y sin necesidad de redención. Cuando nos presentamos ante Dios con la soberbia de quien cree que se ha salvado por sus propios méritos, cerramos la puerta a su gracia.
Finalmente, Jesús lanza un desafío que resuena con fuerza en nuestras comunidades hoy: “Vayan, pues, y aprendan lo que significa: ‘Yo quiero misericordia y no sacrificios’. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (v. 13). El Señor nos recuerda que el culto externo y los cumplimientos rituales carecen de valor si el corazón permanece endurecido frente al sufrimiento ajeno.
Que este domingo aprendamos a mirar a los demás con la misma misericordia con la que Jesús miró a Mateo. Que tengamos la valentía de levantarnos de nuestras propias mesas de comodidad y egoísmo, y que la Iglesia sea siempre ese hospital de campaña donde cualquier enfermo del alma encuentre el abrazo sanador de Cristo. Que así sea.

