Homilía del día

VI DOMINGO DE PASCUA

10 de mayo de 2026

Juan 14, 15-21

 

En este Sexto Domingo de Pascua, la alegría de la Resurrección sigue iluminando nuestra asamblea, y hoy se entrelaza de manera providencial con una fiesta que toca lo más profundo de nuestros afectos: la celebración del Día de las Madres. La Palabra de Dios que se nos proclama en el Evangelio de San Juan viene a iluminar perfectamente ambos misterios: el amor de Dios que nos sostiene y su hermoso reflejo en el amor humano. 

En el ambiente íntimo del Cenáculo, Jesús percibe la tristeza y la zozobra de sus discípulos ante la inminencia de su partida. Para consolar sus corazones, les hace una de las promesas más esperanzadoras de toda la Escritura: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes” (vv. 15-16). El Señor nos enseña que el verdadero amor a Dios no se queda en meras palabras o en sentimientos pasajeros; el amor auténtico se hace vida cuando cumplimos su voluntad. Y porque conoce nuestra fragilidad, no nos exige este amor dejándonos solos, sino que nos asegura la compañía perpetua del Espíritu Santo, el Consolador, el Defensor que sostiene nuestra fe.

Más adelante, Jesús pronuncia unas palabras que hoy, de manera particular, resuenan con una ternura inmensa: “No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes” (v. 18). ¡Qué certeza tan consoladora! Dios nunca nos abandona a nuestra suerte. Y es precisamente aquí donde encontramos el vínculo perfecto con nuestras mamás. ¿No es acaso el corazón de una madre el lugar donde experimentamos por primera vez esta promesa divina? Una madre, con su desvelo y entrega diaria, le repite silenciosamente a su hijo: “No te dejaré solo, siempre estaré para ti”. El amor materno es un destello palpable del amor protector del Espíritu Santo; es la caridad de Dios hecha manos que abrazan, curan y cuidan.

El Magisterio de la Iglesia ha reconocido siempre la grandeza y la necesidad indispensable de esta vocación a la maternidad. El Papa Francisco, con gran sabiduría, nos recuerda que ellas son el pilar de la humanidad y las primeras transmisoras de la fe. Nos dice el Santo Padre: “Una sociedad sin madres sería una sociedad deshumana, porque las madres saben testimoniar siempre, incluso en los peores momentos, la ternura, la entrega, la fuerza moral” (Papa Francisco, Audiencia General, 7 de enero de 2015). Nuestras madres nos enseñan desde la cuna que “el que acepta mis mandamientos y los cumple, ese me ama” (v. 21), pues su amor, hecho sacrificio cotidiano y servicio desinteresado, es la mejor catequesis sobre el mandamiento del amor.

Hoy damos gracias a Dios por el don invaluable de la maternidad. Celebremos y honremos a nuestras madres que caminan con nosotros, y elevemos una oración llena de esperanza por aquellas que ya han partido a la casa del Padre, confiando en que ahora interceden por nosotros. Pidamos al Paráclito que descienda sobre cada madre, llenándolas de sabiduría, fortaleza y paz. Que a todos nosotros nos conceda la gracia de vivir siempre unidos a Cristo, con la certeza de que somos hijos inmensamente amados y jamás abandonados. Que así sea.

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