La cuaresma como tiempo de limosna, oración y ayuno.
De pie, recibimos al Señor que nos habla.
Del Evangelio según San Mateo (6, 1-6. 16-18).
Cada año en la Iglesia, iniciamos con estas Palabras de Jesús, el tiempo santo de la Cuaresma. Cuaresma que como su nombre lo indica son cuarenta días de preparación para la Pascua de Jesús, que celebramos en el Triduo de la Semana Santa.
¿Por qué 40 días?
El numero 40 tiene un simbolismo especial en la Biblia que la Iglesia retoma. Hace referencia a los 40 años del pueblo de Israel en el desierto, cuando salen huyendo de la esclavitud de Egipto buscando la libertad y una vida mejor (Núm 14, 33-34. Dt 8, 2, 4). El numero 40, también hace referencia a los días que Jesús pasó en el desierto (Mt 4, 1-14), donde incluso fue tentado 3 veces por el demonio, una batalla ganada totalmente por Jesús, diríamos hoy 3 a 0.
La analogía con el desierto es muy rica en significado. La cuaresma como desierto es un lugar de paso, lleno de retos y extremos, además es el momento del silencio y abrir la mirada a otras experiencias nuevas (la noche estrellada, la soledad y la convivencia más intensa de con quienes estás); pero más aún el desierto, que implica caminar y no estacionarse (es decir, o caminas o te mueres), te lleva a conocerte mejor en tus limites y potencialidades y saber con qué o con quien realmente cuentas.
En la vida espiritual esta comparación es una gran riqueza. Hay momentos en la vida o etapas, a veces prolongadas, donde padecemos: a veces no sabemos por donde caminar o que rumbo tomar, la paciencia parece agotarse, el cansancio nos lleva al límite de nuestras fuerzas, la mente se dispersa.
No lo podemos negar: todos tenemos retos y extremos. También hay silencios ante las dudas y preguntas, ante los reclamos e incomprensiones. Entonces viene, desde la paz y la esperanza, quizás después de las lágrimas, una nueva forma de “abrir la mirada”. Nos damos cuenta que hay cosas a las que tal vez no hemos puesto suficiente atención y se han descuidado; a veces lo ordinario, lo simple y lo pequeño, a veces el silencio y la observación sin juicio de los acontecimientos y de las personas.
La vida espiritual, la vida interior, es un camino, un crecimiento, un desarrollo. Pensemos en la vida biológica o en el cuerpo: desde que somos fecundados quedamos “atrapados” (por así decirlo) al cambio continuo en este mundo hasta llegar al cielo.
La palabra peregrino tal vez nos describe mejor. La palabra tiene una raíz latina interesante (per = por o a través de y agere o agro = campo, tierra o territorio). Estamos de paso por esta tierra, por este mundo, en este tiempo y etapa de la historia, somos caminantes hacia otro lugar. San Pablo lo dice de manera hermosa en la carta a los filipenses: “somos ciudadanos del cielo” (3, 20) y Jesús también nos dice cual es nuestra misión o nuestra condición en este mundo: administradores, no dueños; administradores a los que algún día se nos pedirán cuentas, así nos lo dice en distintas parábolas.
El Evangelio para iniciar la cuaresma nos recuerda los medios para vivir este tiempo de forma más sincera y fructífera. Limosna, oración y ayuno. Todas las tradiciones espirituales en el mundo a lo largo de la historia las recomiendan, como medios para alcanzar algo mejor o como disposición personal .
El ayuno. La Iglesia nos pide ayuno obligatorio miércoles de ceniza y viernes santo. El Código de Derecho Canónico (la ley universal de la Iglesia) nos dice: “Todos los fieles, cada uno a su modo, están obligados por ley divina a hacer penitencia” (c. 1249). “Ayuno y abstinencia se guardarán el miércoles de Ceniza y el Viernes Santo” (c 1251). Y hace esta delegacón: “La Conferencia Episcopal puede determinar con más detalle el modo de observar el ayuno y la abstinencia, así como sustituirlos en todo o en parte por otras formas de penitencia, sobre todo por obras de caridad y prácticas de piedad” (c. 1253).
¿Qué dice entonces la Conferencia de Obispos en México?
“Esta Conferencia Episcopal, haciendo suya la prescripción del Código, acepta que la obligación del ayuno comienza a los 18 años cumplidos y termina a los 59 cumplidos. Se recuerda que el ayuno del Miércoles de Ceniza y del Viernes Santo obliga tal como lo prescribe el canon. Se recuerda, además, que la abstinencia es obligatoria desde los 14 años cumplidos.
La CEM, consciente de la situación de pobreza en que viven muchos
sectores de los fieles, y dado que nuestra cultura admite otros signos más
adecuados de penitencia, dispone que se pueda suplir la abstinencia tradicional
de carne (excepción hecha del Miércoles de Ceniza y Viernes Santo):
a) Por la abstinencia de aquellos alimentos que para cada uno sean de especial
agrado, o por la materia, o por el modo de su confección;
b) o por una especial obra de caridad;
c) o por una especial obra de piedad;
d) o por otro significativo sacrificio voluntario”. (Cfr. Decreto: Normas complementarias de la CEM a la luz del nuevo Código de Derecho Canónico).
Pero más allá de la norma a la que estamos vinculados. El ayuno y la abstinencia tienen también una dimensión espiritual y humana.
El ayuno no solo es dejar de comer o abstenerse de algo, sino también dejarse de meterse (al cuerpo o a la vida) todo aquello que nos daña, lo que no nos hace bien, de esta forma “nos vaciamos” de lo que no necesitamos. Entonces hay ayuno físico-biológico, pero también emocional o de actitudes y palabras. Entonces este sentido también el Santo Padre en su mensaje de Cuaresma de este año nos invita: a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.
La oración. El Catecismo de la Iglesia Católica en la cuarta parte, a partir del numero 2558, nos habla sobre la “oración en la vida cristiana”. Nos presenta de manera hermoso y muy desarrolla este tema, haciendo alusión incluso a grandes santos que a lo largo de la historia de la Iglesia nos han dejado su testimonio espiritual.
Dos ejemplos:
“Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como en la alegría” (Santa Teresa del Niño Jesús).
“La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes”(San Juan Damasceno).
Y también el Catecismo, nos da una lista explicada sobre los tipos de oración: oración de bendición o adoración, oración de petición, otra es de intercesión, y otras mas, de acción de gracias y de alabanza. 5 formas distintas para ponernos en la presencia de Dios, para “conectarnos” con El más seguido, para recibir su paz y su fuerza, para disponernos a la luz de su Santo Espíritu. Aquí la lectura o la escucha de la Palabra de Dios desde nuestras Sagradas Escrituras juega un papel importante. Es Dios mismo quien nos habla, nos invita a la respuesta y al dialogo interior. Evitamos así el monologo individual que solo nos lleva a hablar y hablar sin escuchar. Los Sacramentos son también para nosotros la experiencia de Dios en nuestra propia vida al celebrarlos, sin ellos no puede haber una completa vida cristiana.
La limosna. También sobre esta práctica penitencial el catecismo la definecomo un testimonio de caridad fraterna, una práctica de justicia que agrada a Dios y un acto de conversión interior. Es una forma concreta de compartir bienes materiales y espirituales con los más necesitados, desprendiéndose del egoísmo (núm. 2462).
No quisiera alargarme ya en el tema, pero quiero recomendarles específicamente hablando de la limosna una catequesis del Papa San Juan Pablo II, una catequesis de cuaresma en la audiencia general en el Vaticano, fue un miércoles 28 de marzo de 1979, de hecho su primera cuaresma como Papa (lo habían elegido en octubre de 1978). En ella habla incluso de la etimología de la palabra limosna, desde el hebreo bíblico y como del griego pasó a nuestro idioma español y a otros idiomas variados usando la misma raíz. Lo dice así: la palabra griega “eleemosyne” proviene de “éleos”, que quiere decir compasión y misericordia, inicialmente indicaba la actitud del hombre misericordioso y, luego, todas las obras de caridad hacia los necesitados.
Resalta entonces la limosna como un dar y darnos a la vez. Actitud de amor, no solo dinero: La limosna no es "dar lo que me sobra", sino un acto de amor sincero, realizado con el corazón, que puede incluir tiempo, atención y cariño, no únicamente dinero. En este sentido la Iglesia nos recomienda también las obras de misericordia (corporales y espirituales) como una forma de compartirnos con los demás.
Finalmente, quiero resaltar en unas líneas, el vínculo que existe entre estos tres medios penitenciales. Si el ayuno y la abstinencia nos vacían y nos disponen en nuestra necesidad para recibir algo más… la oración nos llena de la Gracia y del mismo Dios… así la limosna será un compartir lo bueno que de Dios hemos recibido.
Estos medios no pasan de moda, y no son fines en sí mismos, son bienes espirituales que la Iglesia como Madre y Maestra nos invita a vivir.

