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Tanto caminaste en el desierto que el cansancio fue parte de tu camino. Tanto abrumó a tu santo cuerpo el sol ardiente. Tus pies cansados no se detuvieron; tus piernas no tambalearon un instante. Tu amor, lleno de pureza, te dio la fuerza de Dios.
Oh santísima Virgen María, en la oscura noche del desierto alumbraste el camino con tu pureza. Los ángeles de Dios procuraron tu andar en todo momento. Los ángeles cantaban de gozo al saber que la orden que habían recibido de Dios era cuidar de ti. Contemplaban, admirados, tu belleza, que era consecuencia de tu virginidad y tu humildad.
Oh santísima Virgen María, el fruto de tu vientre está lleno de gloria. Vino en tan humilde realidad que no había forma de hacer digno el pesebre sin ti. Dios mismo, el Eterno, aquel cuya gloria es infinita, se fijó en ti. Mandó, a través de su Espíritu, el fruto divino de tu vientre.
¿Quién podría acercarse a tu santidad? Oh Madre santísima, estabas en el mundo, pero no había nada en ti que perteneciera al mundo. Oh humilde Señora, gloriosa Reina por Jesús el Salvador.
¿Qué ojos podrían contemplar tu belleza sin derretir el corazón de amor? Dios vio tu hermosura antes de que tu vientre llevara al mismísimo Dios, a Aquel que es infinitamente glorioso y divino.
Oh Madre santísima, doy gloria a nuestro Dios por su misericordia en ti. Doy gloria al Altísimo por tan bella Reina. Doy gloria a Dios por tan perfecta Señora.